Guacalchias, ruidosas y hablantinas guacalchias

Uno de mis sobrinos tiene ya dos años y me pidieron que consiguiera tres guacalchías para ayudarle por su falta de habla, yo le dije que antes mi prima debía estar de acuerdo pues no quería tener culpas a largo plazo. Mi hermano a los tres años era tartamudo. Mi madre le dio de comer guacalchias. Después no paraba de hablar, nos mareaba con sus continuos diálogos, incluso hablaba dormido. Era el vocero de la familia, hábilmente se comunicaba con todos y conocía de las noticias locales y familiares antes que cualquiera.

Cuando yo alcance los catorce años usando una hondilla maté una de esas avecillas en la parte trasera de una construcción. Era mi hora de almuerzo, estaba ahí como ayudante de albañil en las vacaciones escolares de noviembre. Una antigua finca estaba siendo transformada en un colegio. Acostumbraba ir a la parte de atrás a buscar nísperos y marañones. Entonces las vi, unas cuatro o cinco, saltaban entre los arbustos, al principio no las distinguí. Usábamos hondillas para conseguir frutas y tirarle a las lagartijas. Las aves estaban a menos de cinco metros enfrente de nosotros. Saque mi hondilla, puse una piedra y la vi caer, luego contemplé su tibio cuerpo en mi mano. Jure que nunca más volvería a matar un ave sin ningún propósito. 25 años después estaba en el parque nacional Montecristo en el casco colonial San José Ingenios, en Metapán y me encontré a prueba con mi propia promesa.

Una de esas tardes a mediados de febrero, el clima estaba fresco e iluminado, la ceiba había botado su follaje y estaba inundada de flores, había un ambiente dulce, lleno de néctar e insectos sobrevolando las ramas del centenario árbol. Uno de los investigadores, Hernán, salió al patio externo, el ruido de una bandada de guacalchías lo sacaron de la habitación. Cinco minutos más tarde llegó muy emocionado corriendo:

Guacalchias, son muchas, tienen un comportamiento interesante vengan. Néstor, trae el rifle

Le acompañe y me paré junto a él, quien con cámara en el trípode grababa la escena. Enfrente de nosotros dos familias de aves se habían encontrado en el borde de su territorio y se lo disputaban con cánticos, saltos y vuelos debajo de aquella gran ceiba, eran unas ocho o diez aves, se movían como olas sobre las hojas, los machos volaban adelante y subían en lo alto de los arbustos cantando en forma continua, en duetos, parecía un desfile en una pasarela de lianas y ramas, pregonaban un verano productivo. Eran pequeñas pelotas de plumas color crema, cabeza rojiza, alas con rayas oscuras y colas que brincaban en círculos, mientras otros pájaros su sumaban al concierto. Samuel se incorporó a las observaciones, sacó su grabadora digital, el micrófono y comenzó la captura de sonidos. El sitio es espacioso, con jardines, plantas nativas, muchos árboles entre los cuales una inmensa ceiba está en la entrada.

En San Miguel les llaman cocositas y en Morazán matracas. Los sonidos se mezclaban, machos de diferentes edades entonaban cual tenores en ese inmenso y verde anfiteatro, el río San José y su corriente de agua era la música de fondo. Escuchábamos un despliegue de intrincados y fascinantes sonidos. El ambiente era una cascada de sonidos. Shontes, chiltotas y chejes cada uno en su idioma hacían coros en lo alto de las ramas, el sonido metálico de dos navajas que chocan nos llamó la atención, eran dos colibríes morados que se disputaban las flores. Había también un lamentoso largo y triste quejido. Un copetón gris. La melancólica onomatopeya del dichoso fui desentonaba en la algarabía de las guacalchías. Entre las sombras talapos y torogoces observaban en silencio.

Hernán me toco el hombro, —ya grabamos, necesitamos uno

Las tenía ubicadas, apunté a uno de ellas, quite el seguro del rifle, respire suave y solté el dedo. La avecilla cayó, Hernán corrió por ella, la recogió y me dio las gracias. Luego todo quedó en silencio. No había más machos volando, saltando o cantando, las aves en las ramas altas se fueron. Solo el polvo y las pisadas de nosotros regresando. Unos minutos más tarde la garganta del ave era depositada en un frasco con códigos alfanuméricos y guardada en nitrógeno líquido. Se preparó una piel de estudio que ahora está depositada en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Kansas.

Si bien cuando niño mi hermano se curó de su mal, no hubo nada milagroso en la carne de esas aves, simplemente era un problema de atención. Mi madre estaba embarazada y trabajando en los días libres, situación que debió afectar. Una vez que los adultos se dieron cuenta del retraso, pusieron cuidado, incluyendo una mejora en la alimentación, a las semanas mi hermano conversaba de manera normal. Después que se casó dejó de hablar, al menos con nosotros y sobretodo con mi madre. La carne de las guacalchías no puede curar esas cosas.


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