Semillas de sandía
Estos días de enero, suaves y fríos, bañados de lunas rojas,
me hacen recordar cuando yo partía fruta con suavidad, como se acaricia la
espalda de una mujer.
Ella, una señora joven y bella, amalgamaba mis canas. Éramos
como colibríes buscando flores y colores.
Entre las sábanas arrullaba sus pezones con la misma
destreza que usaba para cortar melones. Departíamos sandías y fresas, sin
faltar retirar las semillas con destreza.
Siempre me ganaba en el póker y en cada duelo dejándome arañar
las paredes del cielo.
Evoco verla sentada con sus ojos de agua, zarcos como gatos
egipcios, por esos dobleces y arrullos perdía el juicio.
Escuchaba sus historias de niña en sus largas pláticas
queriendo merecer su cariño, pero nunca navegamos por El Nilo, siempre me dejó
en vilo.
Ahora dicen que no la quise, más es posible que sea cierto,
porque de tal amor tengo tal desconcierto que quizás todo fue un invento, menos
el frío que ahora siento.
Pasaje Italia, 23 de enero de 2019
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