Despedida
Cuando la Tierra se interpone entre el Sol y la Luna, se
crea una noche de sangre, perfecta para un encuentro entre amantes.
Ella era una dama culta y elegante, hija de un comerciante
de Marsella. Llevaba un moño con una peineta de carey cubano, cubierta
únicamente con un largo vestido de lino verde marroquí.
Se conocieron en el Café des Deux Moulins. Él era
alto y delgado, con una presunción de caballero inglés de Nueva Gales del Sur,
crecido en la aventura y el romance entre bastidores del puerto. Le sentaba
bien ese aire de Sir, de modales y buen gusto. Un marinero buscando un
amor en otro puerto.
Se encontraron en la posada a cien pasos de Palais
Longchamp, un sitio aislado, gótico, enigmático, perfectamente discreto y
acogedor. Sus encuentros rotaban la ternura y el frenesí como dos rostros de
una moneda.
Desde el principio a ella le encantó ese juego de inocencia
y perversión. Las paredes cobrizas de la habitación se llenaban con las sombras
de ambos en una amalgama lujuriosa. Suspiros y anhelos exponían sus almas al
secreto de ladrillos, un techo lúgubre y luz de las lámparas de aceite.
Ella debía seguir, su futuro esposo la esperaba en Viena.
Una herencia y las promesas de una vida mejor. No había más que hacer en esa
relación, él no daba para más.
Salieron a la calle, cada uno por puertas distintas hacia el
iluminado Boulevard Cassini, sus pasos eran suaves y sin prisa, reteniendo los
segundos antes del adiós. En el pasillo sus sombras aún se acercaban,
geométricamente cóncavo y convexo fusionados ante la mirada vacilante de un
gato callejero, que no entendía el protocolo de una despedida ni por qué a
pesar de tantas palabras, la explicación de ella no tenía ningún sentido.
11 de abril 2017
Imagen: La Despedida, Remedios Varo, 1958. Tomado de: https://www.wikiart.org/en/remedios-varo/farewell-1958
Comentarios
Publicar un comentario