Estacionamiento cinco



Ahí en el estacionamiento cinco de Plaza Futura, después de observar los avances de la construcción de al lado, la noche que lavaste tu auto y que quedó impecable. Que a la salida del centro comercial recibiría esa lluvia de febrero que nos enjugó en agua cálida. Habíamos estado el final de la tarde de este miércoles veinte y dos de febrero, hablando de nosotros y tantas cosas, cuando al despedirnos como acostumbrábamos, con un abrazo cálido y corto, este se extendió dos o tres segundos más y sentí tu pecho intenso, entonces te dije “todas las veces que nos mandamos abrazos fuertes y ahora podemos hacerlo”. Te acercaste y me besaste la comisura del labio. Yo mire tus ojos. Me acerque y tu boca me recibió, suave, tierna. Luego me besaste, me asiste fuerte y tus labios me leían, recorrían los míos con denuedo y fuerza. Nuestras bocas se juntaron, inundamos nuestro aliento. La saliva en olas suaves iba y venía de tu playa a la mía, en un tsunami de ternura, exploración, exposición y deleite. Cinco segundos. La vida es eterna en cinco minutos… Luego con la naturalidad de quienes han estado deseando besarse por siglos, nos volvimos a enlazar. Nuestro tiempo se detuvo. Fue como haberte besado toda la vida. Tuve la soltura, la confianza. Fue la primera noche que tu nombre y tus labios besaron mi boca. Para cerrar el día, me robe esa canción de Aute, que tanto te ha gustado y tú me regalaste Quiéreme




San Salvador, 27 de marzo 2017

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