Un relato desde Antigua, la ciudad de dios


En la Antigua Guatemala, los hijos de los hombres se guardan bajo tierra, en las catacumbas, entre las paredes de La Merced, en los atrios reposan los nichos sagrados, en los patios está enterrada la gente común. Se dice que los más cercanos al lugar santísimo son hijos de dios, quienes duermen en los de los jardines, son sus sobrinos. Hay cincuenta y cinco puertas al cielo y ninguna al infierno, aunque Mono Loco, Café No Sé y El Barrio son cada 31 de octubre la antesala. El frío de la montaña ligeramente llena el espíritu de paz y bien.


La primera noche de esta peregrinación, vi pasar jóvenes de una cofradía, iban sonriendo por las calles de piedras con sus corbatas blancas, las faldas azules y llevando cirios apagados. Eran los últimos días de octubre, las nubes dejaban salir sus postreras lágrimas. El cielo lucía llano, sin soles ni estrellas. Parecía un domingo de ramos en una semana menor, los acólitos nos traían agua bendita en envases de vidrio India Pame amargas, como su adiós, y profetizaban cascadas de palabras como aves en vuelo.

En las siete calles principales de la Antigua todo luce típico y ordenado, el tiempo detenido en los dinteles es sobriamente colorido. La madera y el hierro se amalgaman y existen para ordenar lo bello. Antiguos volcanes, más viejos que los dioses, rodean el paisaje y parecen protegerla, pero hay uno que insiste en fumar a diario, El Pacaya, mientras un pavo de cacho deambula ligero correteando a Knut. Hay un lago que duerme y se va secando en cada invierno, casi no hay nada que hacer, excepto llorar. En la fila, Santiagüito aguarda su momento para predicar su palabra…

Las ventas en la calle son un mosaico de colores, sabores y precios. De la oligotrofía a la mesotrofía se pierde el oxígeno comunitario y aparecen las bacterias capitalistas. Parece ser que la ciudad existe para dos cosas: para el comercio y para el dios cristiano. También la decoran la basura y los plásticos. Todo es chino y de un solo uso. Los gallos cantan la misma monótona canción, se necesitan nuevos cantos, hay nuevos mercados para el brewing. Hasta mi generación parece cansada.

Busco un café y a mí alrededor veo extranjeros y sueños. Frente al Soleil reposa la ternura Pa tu panza. Hay una mujer blanca de mirada inquieta y hombros sutiles. Lleva el cabello amarrado y una chaqueta de tela. Busca en su teléfono una dirección, algún correo y hace selfies con denuedo. Quizá se ha llevado mi alma en ese anhelo. El café Cat Fat está lleno y repleto. Me retiro y le mando un beso que cae perdido entre su nariz y el suave lunar de su mejilla izquierda.

La noche del martes cenamos tacos y tortas, había una supervisora de ojos brillantes y rizos negros. Su mirada era inquisitiva, clara, sembró una duda, se llamaba Vicky y me dio miedo buscarla de nuevo, es mejor amasar la ilusión que romperla. Y es que las chapinas son a todo lujo bellas y grandes mujeres de ensueño.

En la calzada Santa Lucía se abarrotan camionetas e indígenas, las motos fluyen como clarineros en el ocaso. No hay nada más difícil que vivir sin ti, suena en una radio y el paisaje se compone de gentes caminando, buscando dónde comer. Una monja llegará tarde al Concilio por tratar de explicarme la asunción de Guatemala en el seno de su dios, un nuevo dogma de fe. Yo solo le digo que es megadiverso y que el cielo abriga a Jorge Ibarra, Mario Dary, Cano, a Toriello Najera, a Dix, Eisermann y Schuster, incluso se han colado Pepe Cajas y Ariano y ella los llama herejes.

En los portales de la plaza mayor, al amparo del frío y el sereno, muchos indígenas ablandan las rocas pulidas, tendidos en plásticos y güipiles, me recuerda mi ciudad, la desigualdad y la pobreza tienen el mismo rostro. En cambio, en los bares, todos bebemos y reímos con el corazón contrito, estamos en la ciudad patrimonio de la humanidad por decreto y hay un nuevo presidente que también ignorará a su gente.

La última noche ingresé a la catedral ubicada en la plaza mayor. Inmensa y bellamente decorada, parecía el templo de un Salomón exiliado, el altar iluminado, con un sacerdote vistiendo una casulla roja y sin prisas por el adviento, quizá un arzobispo-obispo enviado desde el cielo italiano. Comenzaba la eucaristía orando, entregaba el tiempo a cuidado y dirección de ese dios. La atmósfera estaba inundada de un olor agradable, diáfano, pulcro, santo, parecía la plaza Garibaldi pero sin mariachis y sin Don Julio.

Una amiga que estudia Jaguares me explicó que usan Obsession de Calvin Klein como atrayente para estos hermosos gatos. Y una cosa me llevó a otra, cuando mis sentidos eran volátiles, como papel para volar cometas y era arrastrado por ese crisma Dolce & Gabbana y veía más azul el cielo guatemalteco y nos fuimos al Circo del Sol y ella se quedó dormida en mis brazos en el Westin y me dijo que me quería. Ahora somos dos desconocidos que deambulamos sin sueño cuando el sol entra por nuestra ventana.

Escribo chilero, con música de fondo de los Enanitos Verdes y la oreja de van Gogh, un almuerzo de berenjena y pesto, que me sabrá como lo mejor que he comido todo el año. Y quizá hoy si me llegue la ascensión y esa beatificación necesaria para ser canonizado por tanto irrespeto secular.



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