Una niña de abril



Ella recogía bolillos de sueños entre las nubes grises de abril.
Con frecuencia olvidaba sus lentes en los paseos de domingo
y encontraba un libro de esos de cuentos ingleses,
que se lo regalaba a los gorriones supremos para mancillar
verdades eternas.

Reía de las fotos del pasado, de sus novios ateos,
ahora santos devotos predicadores o miembros del clero.
Cocinaba torrejas con la esperanza de casarse,
tras años de espera fundó una empresa multimillonaria.
Leía poemas de Irela Perea y se guardaba secretos perdidos,
llorando un viejo amor.

Corría en bicicleta, hacia yoga en la madrugada y se
miraba lejos en las estrellas.
Le era difícil ver volar a los pájaros y creer en sueños,
le daba lo mismo la biblia o el talmud, era fiel devota
del rabino Rabinovitz.

Se revelaba contra todo aquello que nos programa,
porque vivía despierta, libre de depresivos y estimulantes,
más sin embargo tenía delirios de persecución.

Reía como una niña cuando yo acariciaba su cabello corto y ligero
que era tan largo como sus pestañas.
Nació en ese país donde el sol no quema y asesinan
veinte personas al día.
Amaba a los gatos, poseía el síndrome de una conciencia mínima
 y era feliz.

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